domingo, 17 de julio de 2016

Un sueño más.

  -Subámonos y manejemos sin rumbo alguno-. Brighid ofrecía distintas aventuras cada vez que ella y Anette se veían. Cabellos rubios y lacios se movían junto a ella con emoción. 
  Anette, siendo todo lo contrario, no era tan amante de las aventuras. Muchas veces incluso tenía miedo, pero por acompañar a su amiga, los ignoraba e iba con ella. Tomándose un rizo entre sus finos dedos, contestó con un simple:
  -Bueno. 
  No fueron solas, eran acompañadas por el marido de Anette, Indra, un hombre alto y robusto, que tenía como profesión el ser policía, y por la pequeña hija de Brighid, Mérida, con una cabellera idéntica a la de su progenitora y una sonrisa tan radiante que iluminaba los rincones más oscuros. Con sus nueve años de edad, también había heredado el amor y la pasión por la aventura de Brighid. 
  Subieron al auto, quedando así de piloto Anette, como copiloto estaba Brighid y en el asiento trasero Indra y Mérida. De esta manera, emprendieron esta simple e improvisada aventura. Mientras iban avanzando, observaban la ciudad desaparecer y tornarse en campos verdes con árboles grandes y hermosos. Menos edificios y más granjas y estancias. 
  Poco a poco, hasta las estancias desaparecían de la mano de la puesta del sol, dejando así un asombroso campo de brillantes estrellas sobre sus cabezas. Cuanto más oscuro, más tétrico y aterrador se hacía el paisaje. La ruta parecía estar atravesando un bosque eterno. 
  Entre la maleza existente divisaron una pequeña casa, por lo que, para descansar aunque fuera media hora, se acercaron y aparcaron frente a dicha casa.
  Estaba abandonada, ya casi en ruinas, pero tal vez había alguien dentro. Golpearon la puerta, nada. Caminaron alrededor, buscando otras maneras de ingresar, pero para su mala suerte, no encontraron nada. Decidieron quedarse en el pequeño y destrozado patio trasero que tenía la casa, puesto que allí habían algunos sillones donde podrían descansar. Los tres mayores, quedaron hablando y riendo, actualizándose, mientras la niña buscaba con qué jugar y daba vueltas a la casa. 
  Hablaban en total tranquilidad, cuando Brighid sintió un ruido. Por un momento se alteró internamente, pero al ver a sus amigos tan tranquilos, decidió quedarse en silencio. Minutos más tarde, un grito de niña los levantó a los tres de los sillones. 'Mérida' pensó Brighid. 
  Dividiéndose en tres, la buscaron. Mientras que Indra se adentró apenas en el bosque, Brighid y Anette buscaban por ambos lados de la abandonada casa. No la veían y eso hizo que se alteraran incluso más. Intentando mantener la calma, Indra fue hasta donde ellas se encontraban dando la noticia de que en la maleza del bosque no estaba. Diez minutos después, otro grito. Este grito era más ahogado y más cercano, venía desde el interior de la casa. Se miraron entre los tres. Cuando habían llegado, la casa estaba completamente cerrada y era imposible entrar. 
  Patearon la puerta e intentaron abrirla, pero no abrió. Estaban desesperados. Sobretodo Brighid, mamá me Mérida. Golpeaba las pocas ventanas que tenía la casa, pero éstas ni siquiera sonaban. Se le hacía difícil mantener la cordura a este punto. Temblaba y otro grito ahogado le llegó a los oídos gracias a una ranura existente entre la puerta y el suelo. 
  Anette tenía abrazada a Brighid, intentaba contenerla. No quería que entrara en pánico, o que simplemente, tuviera un ataque. La sostenía con mucha fuerza, con toda la fuerza que le era posible. La rubia temblaba y las lágrimas caían por sus mejillas. 
  -Dime que esto es un juego Mérida, ¡por favor!-. Gritaba con la voz entrecortada, sentía que las cuerdas vocales ya no le funcionaban. 
  De pronto y sin anterior aviso, cae una cortina de lluvia acompañada por una tormenta eléctrica en pocos segundos. Brighid notaba que cuanto más gritara en su interior, más intensa era la tormenta que caía sobre ellos. En un momento de calma, donde solo caían gotas pequeñas y de a poco, el interior de la casa quedó en un profundo y aterrador silencio. 
  Pensando en lo peor, el miedo que tenía Brighid aumentaba, temiendo a lo que podría pasar en los próximos minutos. 
  Rechinando y moviéndose lentamente, la puerta de madera vieja de esa casa, se fue abriendo. Esperaban a Mérida, y así apareció. Aunque no toda ella...
  Cuando por fin se abrió por completo la puerta, se sintió un ruido de algo rondando en el piso. A ellos, llegó lentamente, rodando, la cabeza de la niña de nueve años, Mérida. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario