-¿Para qué quieres ir hacia el bosque?-. Emitió la muchacha. El castaño hizo caso omiso a la pregunta de su amiga. Tomó su brazo y la hizo caminar en la dirección que él quería, hacia el bosque.
Las calles que había elegido para caminar, no eran las más iluminadas. En cada cuadra, solamente uno o dos faroles de las casas funcionaban. La muchacha forcejeaba para zafarse del agarre del chico, pero sólo conseguía que éste, apretara su muñeca más fuerte.
No había ni un sólo cuerpo caminando por las calles, tampoco en vehículo, nada. Parecía que la ciudad estaba totalmente desierta. De a momentos, se levantaban pequeñas brisas las cuáles hacían que los rizos rubios de la chica danzaran. Saliendo de la ciudad, llegaron a dicho bosque.
Aún jalando a la chica, se introducieron en el bosque, entre los espesos árboles que yacían a una poca distancia entre ellos. Esquivando ramas, troncos y hojas, llegaron al corazón. Ya no habían tantos árboles, sino que solamente estaban a su alrededor. En dónde ya no existía tanta montonera de troncos y ramas, se encontraban ellos. Él, tomando a la rubia del brazo y ella, atrapada en los brazos de su amigo. La mente de la muchacha de rizos rubios sólo pensaba en la razón de la ida al bosque y qué le haría su amigo allí.
Lo único que iluminaba el lugar, era la brillante luz que radiaba la luna llena de aquella noche. La soltó. Pensó que ella saldría corriendo del lugar, pero no, se quedó. Estaba de pie dejando que la luna los iluminara a ambos, mientras que esperaba una explicación de parte de su amigo. El muchacho se acercó a ella y la empujó fuertemente contra un árbol; de un segundo a otro, se encontraba acorralándola contra éste.
-¿Hace cuántos años me conoces?-. Preguntó él a centímetros del rostro de la chica.
-Ha...hace do...os años-. Le contestó con voz temblorosa. Él, sonrió malévolamente.
-¡Já!-. Se alejó de la chica. Ella le miró sin entender-. Hace dos años me conociste y comenzamos a hablar, pero yo te conozco de uno o dos años más. Me enviaron aquí hace tres o cuatro años con una misión. Yo debía acercarme a tí, hacerte confíar en mí y cuando tuviera toda tu confianza, debía matarte. Así es, estás aquí para que acabe contigo. Estás aquí para ver algo que nadie jamás a visto, a no ser, nosotros, por supuesto.
La muchacha intentó correr, pero su amigo alcanzó su pasó sin esfuerzo. Nuevamente, la empujó fuertemente contra otro árbol y se acercó a acorralarla. De su chaqueta de cuero marrón, sacó una navaja y la acercó al cálido cuello de la chica. Acarició su cuello con la filosa punta de la navaja. La chica tembló. Él rió y tiró la navaja en el césped. Volvió su vista a ella. Ella notó grandes cambios en su rostro que aparecían en pocos minutos. Ojos azules como el océano tornados en un color rojo vivo, colmillos grandes y filosos creciendo en su dentadura.
"Esto no es real. Esto solo pasa en películas", pensaba la muchacha. Volvió a la realidad, y el muchacho tenía su rostro a unos pocos centímetros de su cuello, mientras la tenía agarrada para que no escapara. Estaba tan cerca que ya podía sentir su fría respiración sobre su cuello. El abrió su boca y clavó sus colmillos en ella. Succionó su sangre, todo lo que pudo y se fue, dejando a la chica allí tirada en el suelo.
Ella, murió. Todo su interior murió, todo desapareció. Ya no tenía órganos, ni corazón, ni alma siquiera. Despertó. Sus ojos, eran rojos como la sangre, su piel, tan blanca y fría como la nieve. Ya no era humana, ya no era lo que era antes de entrar en el bosque. Decidió buscar algún tipo de venganza.
Tomó la navaja y salió del lugar en segundos. Comenzó a caminar normal, como cualquier persona, intentando ocultar cualquier rasgo de su nueva yo. Encontró a un muchacho caminando pasos más adelante que ella, supo su identidad. Era él, quien había sido su amigo por dos años y en cinco minutos la había traicionado. Levantó la navaja y la clavo una, dos, tres, siete veces a la altura del corazón. Ésto lo mató.
El chico quedó allí tirado en la acera a las tres de la madrugada con siete apuñaladas en la espalda y sin vida.
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