martes, 14 de julio de 2015

Ella.

     Tenía los ojos tan celestes como el agua del lago de nuestro parque favorito y cabellos tan oscuros como el carbón, haciendo resaltar sus ojos. Su cabello era largo, tan largo que al acariciarlo parecia no tener final. Aunque no eran esas características o cualidades lo que me habían enamorado.
     Ella era atenta y cariñosa. Me daba todo de sí, como yo le entregué a ella todo lo que tenía. Siempre estaba conmigo y no sentía temor a llorar frente a ella. Tenía sentido del humor y siempre hacíamos bromas estúpidas de las que solo reíamos nosotros. Me encantaba besarla, sentir sus labios carnosos contra los míos y que nuestras lenguas se unieran y comenzaran a bailar. También amaba a abrazarla y hacerla sentir protegida y segura en mis brazos.
     Teníamos peleas, sí, como otras parejas. Siempre peleábamos, pero siempre terminábamos abrazándonos y besándonos.
     Ella era el amor de mi vida, la única que podía hacerme sentir que podía hacer lo que quisiera y ella estaría allí apoyándome... Pero se fue.
     Recuerdo cuando se acercó a la puerta principal de mi apartamento, la abrió y se alejó lentamente sin mirar atrás. Dejó todo lo que vivimos tirado en un basurero y quemó todos sus recuerdos conmigo. Luego de ese adiós casi sin palabras, la he visto. Sigue yendo al parque y se sienta en un banco frente al lago. Sus ojos siguen igual de hermosos y aún siento la suavidad de sus cabellos entre mis dedos.
     La última vez que la ví, sentada en aquel banco, yacía con un hombre a su lado.
     Ella ya me ha olvidado y yo sigo aquí esperando que toque mi puerta para estar juntos de nuevo.

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