Éramos como el blanco y el negro. Éramos total y completamente diferentes. Cuando yo decía sí, él decía no. Discutíamos temas sin sentido. No existía un día que no peleáramos pero dentro de todas esas peleas y discusiones, teníamos nuestras almas vendidas al cuerpo del otro. Él entendía todo lo que me pasa con solo una mueca y viceversa.
Nos amábamos incondicionalmente. Cuando estaba con él, sentía que era invencible y que podía hacer todo lo que quisiera. Éramos libres.
Crecimos. Lo vi cerrar la puerta e irse por última vez. La casa se sentía sola sola y vacía. Se había ido y no me devolvió lo que se había llevado: mi alma. Pasaron días, semanas, meses e incluso años hasta que le volví a ver. Mis ojos se iluminaron como la primera vez que lo vi. Se encontraba igual a cuando estábamos juntos, solo le había crecido un poco la barba. A su lado, yacía una muchacha.
Era hermosa. Sus rizos dorados caían suavemente en sus hombros, sus ojos avellanas miraban con calidez todo a su alrededor y su sonrisa mostraba una preciosa dentadura. Me sentía celosa, ¿cómo era posible que estuviera con otra mujer sin haberme devuelto lo que aún tenía de mí?
Le sonreía de la misma manera que solía sonreírme a mí. Quedó viéndome, ¿le habrá contado sobre mí?. Se acercó a mí, me abrazó y comenzó a hablarme como si fuera su amiga. En sólo segundos, sentí nuevamente lo que le faltaba al vacío en mi interior, nuevamente mi alma yacía en su lugar.
Tomamos un café, fue una tarde divertida. Me contó su historia de como se conocieron mientras se abrazaban. Al final del día, se despidieron de mí y allí lo vi partir una segunda vez, tomando de la mano a su novia. Esta vez, partió para siempre.
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